Crónica: la carrera

Rou. Edomex. 18 de octubre. Ocho y media de la mañana, la canción de moda anuncia que el día ha comenzado. Con las cortinas cerradas el paso del tiempo es casi imperceptible si no fuera por esa pequeña abertura que filtra un haz de luz que indica lo avanzado de las horas. Es tarde, el sol ha salido y él sigue en la cama.

Pareciera se tratara de una carrera de relevos, comienza con el baño; sabe que diez minutos en la misma actividad es una pérdida de tiempo cuando éste es escaso, sin embargo, al terminar, se envuelve con una toalla azul que le cubre todo el cuerpo, misma que diez años atrás imaginaba como túnica romana. Continua con la primera elección del día: la ropa. Los jeans desgastados por el uso y una playera negra, de las tantas que hay en el guardarropa, se convierten a los ojos de los demás, en el uniforme de nuestro futuro licenciado, pese a que se trata de la opción más cómoda y sobre todo, más rápida que tiene. Corre por las escaleras, aquellas que tuvieron que se alfombradas ante la ineptitud del arquitecto que las diseñó de piedra volcánica, escaleras que al caer sobre ellas no solamente causarían un retraso en el handicap de nuestro corredor, sino también, una grave herida. Al ser esquivado el peligroso obstáculo, la segunda tarea, no apta para inexpertos y mucho menos para aquéllos que carecen de tiempo se aproxima: preparar el desayuno. Creada para habilidosos, confeccionar el alimento más importante del día consume minutos, tan necesarios en la carrera, que un vaso de leche y unas galletas se convierten en el shortcut de nuestro velocista.

Es la última vuelta, se necesita cerrar con fuerza y el VW Sedan 1978 es el único aliado disponible, con su dirección manual y su reciente afinación y balanceo, hacen de un “clásico” la opción tecnológica más avanzada y temeraria puesto que sortea a sus contrincantes en el último tramo de subida del trayecto a una increíble velocidad de 70km/h. Baja del auto, la meta se encuentra a cinco minutos caminando pero se reduce considerablemente si se anda corriendo, el peso de la mochila le recuerda los beneficios que le ha traído haber asistido al gimnasio por más de tres meses, pero no es suficiente, alumnos platicando en el pasillo hacen que los cinco minutos de tolerancia sean el último recurso de nuestro corredor estrella que se derrapa frente a la meta para detenerle a leer el anuncio del pizarrón: “Hoy no habrá clase”.